El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él es Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos construidos por hombres, ni se deja servir por manos humanas, como si necesitara de algo. Por el contrario, él es quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas (Hechos 17:24-25 Nueva Versión Internacional).
Pertenezco a una denominación que me enseñó la importancia de asistir al templo para participar del culto sagrado, a tal extremo que si uno no hacía presencia, la amonestación pastoral era segura y en algunas ocasiones no de la mejor manera. También reconozco que durante mi vida pastoral, repetí patrones de pastores que condenaban a la personas por no asistir a un culto. No escribo para decir que no es importante, ni tampoco que ya no se debe de asistir. Sin embargo, el tiempo ha pasado, he madurado intelectualmente, teológicamente y por qué no decirlo espiritualmente como comúnmente decimos en las iglesias cristianas, protestantes o evangélicas cuando nos reunimos.
Siempre tuve la inquietud de preguntarme: ¿por qué los cristianos para encontrarnos con Dios esperamos estar en el templo? no pasaba desapercibido sobre mi mente, aquellos énfasis desde los púlpitos y las redes sociales que hacían los predicadores y telepredicadores insistiendo que no se faltase a la siguiente reunión porque Dios hará cosas grandes y maravillosas. Lo que me hacía pensar, ¿A caso Dios no se manifiesta en cualquier día de la semana en nuestra vida? ¿No contradice esto la teología bíblica en cuanto a la doctrina de Dios? ¿Y qué decir de la teología bíblica de la adoración? ¿Hemos de esperar tres, cuatro, ocho días para que Dios se manifieste en los templos y no en la vida de las personas que le buscan con sinceridad desde cualquier lugar? ¿No es mi vida el depositario para que Dios habite? Confieso que estas preguntas se repasaban una y otra vez sobre mi mente ya hace un tiempo atrás hasta la aparición del nuevo virus COVID-19.
Hoy más que nunca, el énfasis "la iglesia en su casa" ha crecido y seguirá creciendo después de que Dios primero, salgamos de la presente experiencia que nos ha tocado vivir a todos. Hoy veo que no estaba lejos de tener razón en mis cuestionamientos. Dios no necesita de templos para manifestarse y no necesita convocarnos a lugares determinados para hacer lo que Él sabe y quiere hacer en y con nosotros. Por eso como lo afirmo en una de mis notas publicadas en Facebook: se debe de hacer la diferencia entre iglesia como organismo e iglesia como institución. Son dos cosas totalmente diferentes. Recordemos que los cristianos primitivos nacieron como iglesia en la colectividad, el sentido comunitario y su función como organismo era más palpable (Hechos 2:41-45). La iglesia como institución se gesta a partir de mediados del siglo III o principios siglo IV d.C., lo que provocó una iglesia alejada de los principios que la sostuvieron al inicio y la mantuvieron en su naturaleza.
Históricamente se sabe que la iglesia previo a que se instituyera, se reunía en las casas y hacía el ministerio de la evangelización y de la compasión en las calles y todos aquellos lugares públicos. No cesaban de enseñar y predicar. Jesús mismo "recorría todos los pueblos y aldeas enseñando en las sinagogas, anunciando las buenas nuevas del reino, y sanando toda enfermedad y toda dolencia" (Mateo 9:35). El modelo misional de los cristianos primitivos era Jesús de Nazareth.
Sin duda, la experiencia que hoy vivimos fuera de nuestros templos y cultos en tiempos del coronavirus, han de mostrarnos que Dios definitivamente "No vive en templos construidos por hombres" como dicen las Escrituras. Sino, que él habita en nosotros y hace morada sin duda en nuestras casas, cuando las convertimos en lugares de culto y de adoración. Sin olvidar que la iglesia somo nosotros, no el templo y no las casas. El reto que se nos presenta es a mostrar lo que significa ser iglesia y no a seguir en el afán de hacer iglesia con todo lo que ello ha implicado previo a la pandemia global que vivimos. Quien quita que estemos a las puertas de lo que Frank Viola ha llamado en su libro Iglesia Reconfigurada, en donde nos reta a volver a ser comunidad como en los días del Nuevo Testamento.
"Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren"
(Juan 4:24).

Comentarios
Éste analis hace la diferencia entre el fanatismo y el verdadero seguidor de Cristo.